lunes, 16 de septiembre de 2013

Martin

Martin tenía el rostro de un personaje de algún sueño mío.
Me encantaban sus cejas desordenadas y su risa al escuchar
mis diálogos acelerados, mis bromas mal hechas y mi evidente
nerviosismo.
Podía pasar horas a su lado, almorzar, ir al cine o tal vez cenar.
Pero la despedida aplazada tantas veces marcó la hora,
dejándonos pocos segundos, para un sincero abrazo y un
pesado adiós.